Columna de Opinión: Colores Políticos

En política hay personajes que construyen liderazgo con trabajo… y otros que intentan construirlo a base de cámaras, ruedas de prensa y declaraciones cuidadosamente premeditadas. El problema es cuando, en ese intento desesperado por ganar espacio rumbo al 2027, terminan utilizando temas delicados y sensibles como trampolín mediático. Y eso es exactamente lo que hoy empieza a reflejar Fabi Luchis.
Porque mientras públicamente habla de “prudencia”, “respeto al debido proceso” y “no politizar las tragedias”, en los hechos hace todo lo contrario: convierte un asunto delicado en una plataforma personal para mantenerse vigente dentro de la pelea interna de MORENA. Y eso ya comienza a generar molestia incluso entre sus propios compañeros y compañeras de partido, que ven con preocupación cómo intenta sacar ventaja política adelantándose a los tiempos y utilizando los micrófonos como herramienta de posicionamiento personal.
Aquí el problema no es que tenga aspiraciones políticas. Eso es legítimo. El problema es la manera. Porque una cosa es construir presencia con trabajo territorial, resultados o liderazgo social… y otra muy distinta es intentar crecer mediáticamente sembrando sospechas, lanzando indirectas y jugando a ser fiscal, jueza y vocera al mismo tiempo.
Resulta hasta contradictorio escucharla exigir respeto al debido proceso mientras organiza conferencias para fijar narrativas públicas sobre investigaciones que le corresponden exclusivamente a las autoridades.
La Fiscalía de Charlie Piña no necesita porristas políticos ni comentaristas externos tratando de calificar quién dice la verdad y quién no. Su obligación es investigar. Punto.
Sin embargo, Fabi Luchis pareciera más preocupada por aparecer en medios, fijar agenda y posicionar discurso que por realmente aportar algo serio al debate público. Porque cuando alguien utiliza frases ambiguas, medias acusaciones e insinuaciones disfrazadas de reflexión, lo único que hace es contaminar políticamente el ambiente mientras intenta quedar bien con ciertos grupos internos del morenismo.
Y dentro de MORENA eso ya empieza a notarse demasiado.
Muchos cuadros del partido observan cómo su estrategia de comunicación se ha convertido prácticamente en una campaña adelantada, basada más en el protagonismo que en el trabajo político real. Porque mientras otros operadores construyen estructura, territorio y acuerdos internos, ella apuesta por la sobreexposición mediática creyendo que las conferencias sustituyen el liderazgo auténtico.
Pero hay algo que varios dentro del partido comentan en corto: esa estrategia puede terminar explotándole en las manos.
¿Por qué? Porque en política la gente puede reconocer la ambición, pero difícilmente tolera la simulación. Y cuando alguien intenta vestirse de “voz moral” mientras aprovecha cualquier coyuntura para golpear, posicionarse y sacar ventaja de sus propios compañeros y compañeras, tarde o temprano termina perdiendo credibilidad.
Además, su movimiento político tampoco pasa desapercibido. Hoy camina con el grupo de Rulas M, aunque hace no mucho estaba políticamente alineada con Charlie Piña. Pero así funciona buena parte de la política mexicana: brincos, acomodos, chapulineos y lealtades temporales dependiendo de dónde sopla el viento rumbo a las candidaturas.
Lo verdaderamente preocupante es que sus asesores parecen más enfocados en generar ruido que en construir una imagen sólida. Confunden presencia con liderazgo y exposición con crecimiento político. Y no es lo mismo.
Porque salir diario en medios no convierte automáticamente a nadie en un perfil competitivo. A veces ocurre exactamente lo contrario: el exceso de reflectores termina exhibiendo la falta de experiencia, de operación política y de auténtico oficio.
Dentro de MORENA muchos ya empiezan a ver con recelo esa necesidad constante de querer sacar raja política “como el asadon, nomás para acá”, intentando aprovechar cualquier tema de impacto para colocarse por encima de otros perfiles que también buscan espacios rumbo al 2027.
Y ahí está el verdadero error de cálculo.
Porque cuando la ambición se vuelve demasiado evidente, cuando el protagonismo rebasa la prudencia y cuando la estrategia mediática parece más importante que el respeto a los propios procesos internos del partido, entonces el discurso deja de sonar auténtico… y comienza a parecer simple campaña disfrazada.
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